No tengo la menor duda que lo que pasa en Cuernavaca no es más que la consecuencia de la apatía de sus habitantes, las faltas de ganas y de empatía con los demás se deja ver en el escaso quórum que tuvo la manifestación del día de ayer contra los abusos de un speudo alcalde que se ha dedicado a robar a manos llenas, a obtener del pueblo lo que el ni en sueños con sus diplomas y títulos comprados (por que lo son) podría hacer con trabajo honrado (que nunca ha conocido); pero la culpa es nuestra, el sólo vio en este pueblo desunido la oportunidad de clavar los dientes y mamar hasta saciarse. Lo malo es que nos seguimos encogiendo de hombros, quejandonos desde las sombras, temerosos de ser lo que antes fuimos, un pueblo con agallas, un pueblo unido y es que hoy no importa lo que pase a nuestro alrededor, si no nos afecta a nosotros simplemente nos callamos, vemos con total impunidad como se pisotean los derechos de los demás, como la constitución que fue escrita con sangre no sirve más que para nivelar la pata de una mesa, los servidores públicos si así se le puede llamar a la subespecie que hoy viola nuestro derecho más fundamental, el de ser felices, sigue ahí cual parasito insaciable alimentandose de un pueblo ignorante, cobarde y lleno de apatía.
Seamos pues condescendientes con nosotros mismos cuando nos toque juzgarnos por nuestra falta de vida y banal existencia, pasando siempre de lado y con la cabeza baja, todos tendremos nuestro momento para saldar cuentas con la conciencia.


